OSWALDO TRUJILLO

¿Tenemos el servidor público que merecemos?

Penosamente quienes hacemos cualquier tipo de trámite en cualquier institución pública hemos tenido malas experiencias. Tenemos contadas las veces en las que nos encontramos con un funcionario prestante, comedido, eficiente que haga algo más del mínimo necesario para ayudarnos como usuario. Las gratas sorpresas existen y cuando encontramos un funcionario distinto nos sentimos dichosos y hasta agradecidos (pese a ser obligatorio). El tema en la administración de justicia es aun peor. El 83% de los ecuatorianos no confía en su sistema de justicia.

 

¿Cuál es el motivo por el que el buen trato es la excepción y no la norma? ¿Por qué la eficiencia y el desinterés son más raros que un perro azul en nuestra administración pública? Y más importante ¿Este dilema tiene solución?

 

En 1995 el Reino Unido atravesaba una crisis similar de legitimidad de sus funcionarios públicos, manchados por escándalos y abusos. Es así, que se constituyó un Comité de Expertos para proponer unas Normas de Conducta en la Vida Pública.

 

Dicho Comité, presidido por el Juez Nolan, emitió un primer informe con una serie de recomendaciones y principios que deben inspirar la actuación de funcionarios públicos y los políticos electos, no nos caería mal a los ecuatorianos aplicar alguna de ellas, por ello aquí se las enlisto:

  1. La capacidad de asumir el interés público como la prioridad.
  2. La integridad.
  3. La objetividad en el desempeño de actividades públicas.
  4. La responsabilidad.
  5. La transparencia.
  6. La honestidad.
  7. Liderazgo.

 

Que valioso sería que nuestros funcionarios públicos, judiciales o no, se rijan bajo estos principios. Que fácil sería la vida del ciudadano si todos sus servidores públicos fueran líderes íntegros, responsables, transparentes, honestos y dispuestos a anteponer el bien común por encima de sus intereses en cualquier circunstancia.

 

Pero, ojo! el funcionario público no es un extraterrestre. Es un ciudadano como todos nosotros. Es un reflejo de la sociedad. ¿Por qué vamos a merecer tener una casta de funcionarios con valores y principios que nosotros como sociedad no practicamos? Nosotros, todos como miembros de esta sociedad, tenemos que aspirar a ser personas de bien, gente integra y honesta en cualquier trinchera que la vida nos ponga.

 

Por mi parte debo confesar que no es fácil estar a la altura de los altos estándares del juez Nolan. Frases comunes como “remar contra la corriente es mucho mas difícil que dejarse llevar por ella” o “los clavos que se destacan son los primeros que golpea el martillo” me saltan a la mente.

 

La satisfacción de un ciudadano, no se diga un cliente, aliviado al ver que a sudor y fuego hemos conseguido que se cumpla con la ley pesa más que el ojo crítico de los compadrones y sus adláteres que, por el contrario, se alegran cuando un funcionario público está en las antípodas de los principios de Nolan.  Un funcionario o político sin principios le es funcional a los intereses particulares de quienes mejor lo coticen.

 

Para gozar de funcionarios con principios debemos primero ser ciudadanos con principios.  Ser ciudadanos con principios no siempre es fácil, pero es satisfactorio y es lo correcto. Algún día, ojalá pronto, seremos mayoría y encontrarnos con funcionarios públicos o políticos electos con principios, no será tan difícil como encontrar un perro azul.

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